De vez en cuando se suceden noches tan caprichosas que logran arrastrar la ciudad entera hacia un profundo silencio. En cuanto el último rayo de sol se esconde, las fábricas dejan de funcionar y los vehículos inexplicablemente se van poco a poco deteniendo en mitad de la calle y apagan sus motores. Miles de transistores de pronto interrumpen su emisión y los perros dejan de ladrar. A su vez, las personas que aún callejeaban, aturdidas tal vez por lo que está sucediendo alrededor, se abstraen íntegramente de sus distintas preocupaciones y sin aparente razón van quedando una a una ancladas al suelo, completamente inmóviles, admirando esa ausencia de algarabía, ajetreo y estridente bullicio a las que suelen estar habituadas.
En ocasiones así, a John Burdock le gusta rescatar una guitarra que atesora cuidadosamente en una azotea abandonada y desde allí trazar fogosas melodías que en su día compuso para Noah, su ahora fallecida esposa. Desea que sus acordes, secundados tal vez por el inusual silencio que cubre la ciudad, consigan llegar al cielo y la demuestren así lo mucho que significa ella para él, lo mucho que aún la echa de menos. Pero en cuanto apenas ha rasgado las cuerdas, al encontrarse todo tan silente las notas se esparcen arbitrariamente y no alcanzan a escoger la dirección que a él le gustaría. Se cuelan en las casas, en las bibliotecas y en los teatros, atraviesan estrechas callejuelas, acarician las farolas y se propagan velozmente por parques y plazoletas abrigando en cuestión de segundos incluso los rincones más yermos del barrio. Las notas, atónitas al descubrir la pista de baile para ellas solas, cabriolean con tanta delicadeza que en escasos minutos se encuentran sobrevolando gran cantidad de las barriadas colindantes, y poco tiempo después es la ciudad entera la que ha sucumbido ya bajo el encanto de su música. Pero John Burdock en realidad toca para Noah, y al alzar la mirada y comprobar la exorbitante distancia que lo separa del cielo, todo parece indicar que por muy fuerte que toque, ella no va a tener nunca la fortuna de poder volver a escucharle.

A pesar de ello, cada vez que se produce una noche así en la que el tiempo se detiene y la ciudad vuelve paulatinamente a ir quedando absorta en un insólito silencio, John Burdock regresa a la azotea y se aferra nuevamente a su guitarra, totalmente ajeno a que Noah, tal vez, haya vuelto a prepararlo todo minuciosamente desde el cielo tan sólo para poder escuchar cómo él toca una vez más para ella.