Era un hombre bueno, honrado, y ante todo amante de las flores. Por eso había elegido escrupulosamente su casa, por su hermoso jardín en el cual solía crear unas bellas composiciones florales.Y así vivía él, con dedicación casi exclusiva hacia sus flores. Hasta que de la noche a la mañana, sin causa aparente, se le murieron todas. Volvió a plantarlas una y otra vez; Una y otra vez... aunque no consiguió que nada le creciese. Parecía como si su jardín se hubiese muerto.
Pero una buena tarde, apareció en su puerta una joven bellísima con una semilla en la mano. Y le dijo que de aquella semilla nacería la flor más espléndida, la más bella... la más bella flor para la más bella persona dijo. Y también, que aquella flor le devolvería la vida y el color a su jardín, pero que a cambio tan solo le pedía que la cuidase bien y que prometiese que haría lo que fuera para que nunca perdiese su esplendor y hermosura. Dicho eso, dio media vuelta y se fue.
El hombre así lo hizo; plantó aquella semilla en medio de su desolado jardín, y contempló atónito como pronto de aquella semilla comenzaba a brotar una dorada flor. Al ver que su tierra renacía, decidió volver a intentar repoblar su jardín, y tal y como predijo la joven, todas las flores crecieron con ímpetu dando un colorido insólito a su renovada morada. Los aromas y distintas formas florales, se mezclaban entre sí dando lugar a uno de los más bonitos rincones que aquel hombre había visto nunca. Era de nuevo feliz, feliz como jamás antes lo había sido.
Y así transcurrieron sus siguientes años, con una plena satisfacción. Su bello rincón, poco a poco se fue dando a conocer, y muchos fueron los curiosos que se acercaron a ver aquella dorada flor. Pero el hombre no dejaba que nadie se le acercara demasiado a pesar de que sabía que mucha gente venía desde muy lejos. Había prometido que haría lo que fuese por cuidar aquella extraña maravilla, y así lo hacía.
Hasta que un día de verano, inexplicablemente, bajó a su jardín y arrancó la dorada flor de sus raíces, consciente de que al hacerlo, podría no volver a ver nunca su particular edén tan radiante como lo era entonces. Y efectivamente, al notar su ausencia, pronto comenzaron a desaparecer todas las demás flores, de tal manera que en pocos días ya no quedo ninguna.
Y triste por volver a ver su rincón desolado, trató de recuperarlo sembrando toda clase de flores. Compró semillas de todo tipo. Probó viajando a los lugares más remotos del mundo, y haciéndose con plantas que eran capaces de vivir en las más extremas condiciones. Pero o no llegaban a ver la luz, o morían al de muy pocos días. Su jardín, desgraciadamente, nunca volvería a ser un jardín. Y jamás nadie entendió porque aquel hombre teniendo todo lo que siempre había soñado tener, hizo lo que hizo.
Pero muchos años después, ya casi en su lecho de muerte, una buena tarde una bellísima mujer apareció nuevamente en su puerta:
-Tan solo te pedí que nunca dejases que nada le ocurriera; y tú dejaste que desapareciese infelizmente como lo harás tú dentro de poco. Pensé que eras una bella persona... al parecer me equivoqué.
El hombre, sereno pero débil, entró en su casa y volvió con una caja antigua de madera entre sus brazos. Abrió la tapa, y de la caja sacó una flor, que a pesar de haber perdido ya cierto color, seguía siendo singularmente hermosa. Y mirando fijamente a aquella mujer, le confesó:
-Nadie había hecho nunca nada por mí. Nadie. Y entonces llegaste tú, que sin pedírtelo, me devolviste la ilusión y el amor por la vida. Y jamás te pude dar las gracias porque te marchaste sin tan siquiera decirme adiós. He esperado durante muchos años a que volvieras, y francamente pensé que ya no lo harías. Pero aquí estás, y como he dicho he esperado durante mucho tiempo a que volvieras, porque una vez me dijiste, que está flor es para la más bella persona...
Y mientras unas finas lágrimas caían de sus mejillas, extendió su mano hacia aquella bella mujer, con una flor dorada entre sus dedos.


