Una joven de piel morena, de uñas largas a colorines, que habla en una lengua desconocida y ocupa asiento y medio. Junto a ella un inglés, refinado, con corbata a cuadros que lee el Times mientras se acaba un croissant cogido por dos dedos. Al fondo dos siluetas oscuras, de las que lo único que logro percibir son cuatro ojos y partes del rostro. Todo lo demás son ropas, ropas de cuero negro y pintura (negra).
Entre ellos dos y el refinado, yo.
Justo enfrente otro inglés, éste más mayor y mucho más ordinal. También aprovecha el corto trayecto para leer un periódico que no alcanzo a ver, supongo que el Times. Junto a él un árabe, con sandalias, turbante, kamis y la mirada perdida. Parece desorientado, como si hubiese sido raptado del mismísimo Sahara y plantado allí sin saber ni donde está, ni qué hace, ni que fuera hace demasiado frío como para ir así vestido. A su izquierda, un poco más al fondo, dos niñas orientales, chinas creo. Vestidas de colegialas, discuten con voz aguda pero a volumen muy bajo en un perfecto inglés. Y entre las dos líneas de asientos, dos hombres, de pie, uno negro y el otro blanco. Trajeados, sostienen con fuerza un maletín entre sus brazos como si de su corazón se tratase.
Y hablan, hablan por encima de las chinas y por encima de la joven de piel morena. Incluso por encima del silencio del árabe.

Pero nadie se mira. Nadie se asombra. A nadie le parece extraño que el que esté junto a él, a tan poca distancia, sea tan completamente diferente. Aquel pequeño vagón de metro se me antoja una maqueta barata del mundo entero. Solo yo parezco asombrarme de tanta diversidad. Y en parte me creo xenófobo. ¿Será que no estoy acostumbrado? Pienso que por ejemplo, si hubiese cogido el hombre que lucía un mostacho hitleriano teñido de verde que ví el día anterior en Camden Town, y lo hubiese dejado al azar en cualquier rincón de mi entorno, sería conocido por todos en pocas horas.
Pero no allí. En aquella gran ciudad éste individuo pasa completamente inadvertido ante todos los ojos, menos para los míos claro. Y en parte les envidio. Envido que sean tan tolerantes los unos con los otros, y no hagan distinciones tan absurdas como las que hago yo (o vosotros).
Pero recuerdo, que una vez escuché que en el metro Londres un hombre podría subir al metro tranquilamente a las 7 de la mañana, morir minutos más tarde dentro del vagón, y acabar el día viajando inerte sin que nadie se hubiese dado ni cuenta.
Y es entonces cuando veo que todo ese respeto no tiene nada que ver con la tolerancia; que no es que les importe una mierda cómo pienses, de qué color seas, cómo vayas vestido o en qué legua hables…
El hecho es, que básicamente lo que les importa una mierda eres ni más ni menos que “tú”.
Entre ellos dos y el refinado, yo.
Justo enfrente otro inglés, éste más mayor y mucho más ordinal. También aprovecha el corto trayecto para leer un periódico que no alcanzo a ver, supongo que el Times. Junto a él un árabe, con sandalias, turbante, kamis y la mirada perdida. Parece desorientado, como si hubiese sido raptado del mismísimo Sahara y plantado allí sin saber ni donde está, ni qué hace, ni que fuera hace demasiado frío como para ir así vestido. A su izquierda, un poco más al fondo, dos niñas orientales, chinas creo. Vestidas de colegialas, discuten con voz aguda pero a volumen muy bajo en un perfecto inglés. Y entre las dos líneas de asientos, dos hombres, de pie, uno negro y el otro blanco. Trajeados, sostienen con fuerza un maletín entre sus brazos como si de su corazón se tratase.
Y hablan, hablan por encima de las chinas y por encima de la joven de piel morena. Incluso por encima del silencio del árabe.
Pero nadie se mira. Nadie se asombra. A nadie le parece extraño que el que esté junto a él, a tan poca distancia, sea tan completamente diferente. Aquel pequeño vagón de metro se me antoja una maqueta barata del mundo entero. Solo yo parezco asombrarme de tanta diversidad. Y en parte me creo xenófobo. ¿Será que no estoy acostumbrado? Pienso que por ejemplo, si hubiese cogido el hombre que lucía un mostacho hitleriano teñido de verde que ví el día anterior en Camden Town, y lo hubiese dejado al azar en cualquier rincón de mi entorno, sería conocido por todos en pocas horas.
Pero no allí. En aquella gran ciudad éste individuo pasa completamente inadvertido ante todos los ojos, menos para los míos claro. Y en parte les envidio. Envido que sean tan tolerantes los unos con los otros, y no hagan distinciones tan absurdas como las que hago yo (o vosotros).
Pero recuerdo, que una vez escuché que en el metro Londres un hombre podría subir al metro tranquilamente a las 7 de la mañana, morir minutos más tarde dentro del vagón, y acabar el día viajando inerte sin que nadie se hubiese dado ni cuenta.
Y es entonces cuando veo que todo ese respeto no tiene nada que ver con la tolerancia; que no es que les importe una mierda cómo pienses, de qué color seas, cómo vayas vestido o en qué legua hables…
El hecho es, que básicamente lo que les importa una mierda eres ni más ni menos que “tú”.

