martes 17 de febrero de 2009

Dije,


aunque sea por una vez, quiero acabar escribiendo sobre algo que jamás haya escrito. Sobre algo frívolo e intrascendente. Pero a su vez novedoso.

Y me puse a pensar. A pensar en ese algo que me ofrecería no solo un flamante relato sino sobre todo la tranquilidad de saber que puedo acabar escribiendo sobre lo que sea, que todo es cuestión de propósitos.

Pero al poco tiempo pensé… ¡Joder! ¡Qué tonto soy! ¿Cómo se supone que voy a pensar en algo en lo que jamás se me ocurriría pensar? Y dije, ¡qué le den! que piensen mis ojos… y me fui directo a ver la tele. Allí encontrarían algo en lo que inspirarse, lejos de las fronteras de mi pobre imaginación.

Pero pronto se aburrieron de desglosar cada imagen en busca del numen, y lanzándose a la inercia se entretuvieron viendo una triste película. Y luego un programa cualquiera. Y yo con ellos. Y no fue hasta pasadas varias horas que recordé porque estaba allí, con un papel sobre las rodillas lleno de trazos sin sentido.

Así que decidido, volví a la mesa de estudio a releer lo poco que tenía escrito. Palabras sueltas, muy pocas hilvanadas y algún que otro dibujo que no recordaba haber dibujado llenaban el vacio. Difícilmente encontraría nada entre tanta debacle. Al menos no de provecho.

Pero de pronto, dándole vueltas a la idea de acabar escribiendo sobre algo en lo que nunca lantes hubiese reparado, se me ocurrió la brillante idea de acabar hablando sobre alguien que quería escribir algo novedoso.

Escribiría irónicamente sobre cómo se me ocurrió la idea de elaborar este pequeño relato, que de hecho era lo que llevaba todo el día haciendo. Ya lo tenía.




Pero sinceramente, nunca me gustaron los finales tan sumamente predecibles, y aún menos los finales que cierran todo sin incluso antes haber desvelado “ese algo” tan novedoso que se venían prometiendo. Por eso hice una pequeña pelota con aquel papel y lo tiré a la papelera. Después, me acordé de que tenía hambre y me dirigí a la cocina a comer un poco de fruta.

Y es por eso que hoy, al final, acabo escribiendo sobre los melocotones, o quizás sobre las nectarinas.

7 disparates:

Daeddalus dijo...

Mejor sobre los melocotones, son mucho más complejos e interesantes que las nectarinas. A mí estas últimas no me gustan aunque tal vez y pensándolo ahora sea cuestión del sexo.

Saludos.

Rose Kavalah dijo...

Pues las nectarinas también suenan y saben genial! Dilo en voz alta, nectarina.

El lobo estepario dijo...

Probar con los nectarinos...dicen que están muy buenos. Yo no los he probado,claro.

Muy buen relato.

Un saludo.

Rose Kavalah dijo...

Los nectarinos y las nectarinas no son lo mismo?? (salvo por el sexo, claro)

Nebroa dijo...

Pues no sé si sacaste o no la idea pensada acerca de lo que escribir, pero tú has hecho que se me ocurra una pregunta, que paso a hacer en mi blog!
Fíjate, todo sirve para algo ;)

Pd. el olor de los melocotones! aysss...otro de esos placeres Rose! Mua!

hécuba dijo...

Prefiero las nectarinas, no me gusta el melocotón por la piel, demasiado suave, me temo, pero claro es lo que es: piel de melocotón. También creo que hay que escribir de lo que sea, trascendente o intrascendente, previsible o frutal, cuando tienes la necesidad de escribir hay que escribir.
Interesante cómo le das la vuelta a las cosas.

Un saludo :)

ps. Escucho a the verb y le veo al tipo empujando a todo el mundo mientras va andando por la calle sin alejarse ni un centímetro de su camino. Me gusta esta canción.

Rose Kavalah dijo...

Bittersweet simphony será una de las pocas cosas en mi vida de las que no me haya cansado y no creo que me canse.

Es mágica (y perfecta).


p.d.: A ver si acabo de una santa vez subiendo la música y tal. No subiré todo lo que me gusta, pero sí me gustará todo lo que suba.


un saludo para tí Hecuba, y para ti otro Nebroa