
Hoy una sinfonía desafinada aún en descomposición. Y una treintena de pianistas brincando. Y bemoles por doquier. Violinistas con guitarras de viento al fondo y aquí cerca las flautas sin agujeros. Acompañados por un coro de cantantes mudos y al tempo de veintitrés baterías sin ritmo. Todos ellos leyendo pentagramas redondos y tocando sostenidos sin sentimientos.
Y comienza ya el solo de las ocho trompetas de cuerdas sin tensar, que susurran gritando notas aún no inventadas. De tonalidad mayor y en clave de luna. Y luego otro solo. Éste de clarinetes verdes que en cada latigazo te desgarran un pedacito de alma. Redoble de violonchelos para anunciar el final, y siete batutas agitándose que apuntan al suelo pero rozan el cielo.
Acorde final con armónicos de un millón de instrumentos diferentes. Y se apagan las luces. Todas.
Y comienza ya el solo de las ocho trompetas de cuerdas sin tensar, que susurran gritando notas aún no inventadas. De tonalidad mayor y en clave de luna. Y luego otro solo. Éste de clarinetes verdes que en cada latigazo te desgarran un pedacito de alma. Redoble de violonchelos para anunciar el final, y siete batutas agitándose que apuntan al suelo pero rozan el cielo.
Acorde final con armónicos de un millón de instrumentos diferentes. Y se apagan las luces. Todas.
Y silencio.
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